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Sociedad y Urbanismo

Mito vs Realidad: ¿La videovigilancia masiva reduce realmente el delito en barrios marginales?

Desmontamos la falacia de la seguridad óptica y analizamos por qué las cámaras no solucionan la violencia estructural en los barrios periféricos.

Fernanda Costa e Silva
Fernanda Costa e SilvaColumnista de Ensayo y Pensamiento Crítico6 min de lectura
Imagen editorial que ilustra Mito vs Realidad: ¿La videovigilancia masiva reduce realmente el delito en barrios marginales?

Caminar por la periferia de Ciudad del Este o por los cerros de Comuna 4 en Medellín en 2026 ofrece una imagen de dicotomía brutal. Por un lado, la vida fluye con su cacofonía habitual: vendedores ambulantes, niños corriendo entre huellas de neumáticos y el rumor eterno de la lluvia golpeando las chapas onduladas. Por otro, cientos de pequeños ojos inorgánicos nos observan desde cada poste de luz y esquina. La videovigilancia masiva se ha vendido como la panacea tecnológica, el escudo digital que detendrá la marea de violencia que azota a los barrios marginales. Sin embargo, si bajamos la mirada del lente y miramos los datos brutos, la promesa se desmorona.

La discusión ya no es si necesitamos seguridad —eso es un imperativo indiscutible—, sino si estamos invirtiendo millones en una solución cosmética que oculta la falta de voluntad política para abordar la raíz del problema. La seguridad óptica, esa sensación de ser vigilado, no se traduce automáticamente en seguridad física.

Mito 1: La mera presencia de cámaras disuade al criminal

La teoría clásica de la disuasión sugiere que el delincuente, al ver una cámara, calculará el riesgo de ser capturado y desistirá de su acción. Es una lógica impecable en el papel, pero falla estrepitosamente en la calle. Los datos recopilados por el Observatorio de Seguridad Urbana de 2025 en los distritos de alta marginalidad muestran que la tasa de delitos contra la propiedad no descendió más de un 2% en zonas saturadas de videocámaras, mientras que en áreas con mejor iluminación pública y mantenimiento urbano la baja fue cercana al 12%.

¿Por qué ocurre esto? En los barrios marginales, el delito a menudo no es una elección racional calculada fríamente frente a una lente, sino una respuesta desesperada a la necesidad inmediata o el producto de dinámicas de control territorial. Un narcotraficante local no teme a la cámara de la esquina; él sabe quién controla esa cámara, o simplemente no le importa porque opera desde la impunidad del poder local. La cámara se convierte en otro mueble urbano, ignorado por quienes actúan fuera de la ley y temida solo por el ciudadano común que siente que su privacy es usurpado sin recibir protección a cambio.

Lejos de eliminar el delito, la tecnología aplicada sin estrategia social produce el efecto desplazamiento. El robo no desaparece; simplemente se mueve dos cuadras más allá, hacia la "zona ciega" que el municipio no iluminó ni monitorizó. No estamos resolviendo el conflicto, solo estamos empujándolo hacia el vecino.

La realidad de los datos frente a la percepción de seguridad

Existe una brecha abismal entre lo que los números dicen y lo que los residentes sienten. Las encuestas de percepción realizadas a principios de este año en asentamientos informales de la capital indican que un 68% de los vecinos cree que su barrio es más seguro tras la instalación del "Centro de Comando 2.0". Sin embargo, las estadísticas policiales de esos mismos sectores revelan un aumento del 4% en las denuncias por violencia intrafamiliar y agresiones físicas.

Aquí radica el engaño de la vigilancia masiva: confundir la sensación de control con la realidad de la justicia. La presencia estatal se ha reemplazado por la presencia digital. El Estado ausente que no llega con escuelas, jueces de paz o centros de salud, llega con cables y servidores. El ciudadano ve la cámara y asume que "alguien" está cuidándolo, pero ese "alguien" suele ser un operario a kilómetros de distancia, monitoreando cientos de pantallas, incapaz de intervenir físicamente o de comprender el contexto social de lo que ve.

Estamos creando una generación de ciudadanos que se acostumbran a ser observados para sentirse validados, un paso peligroso hacia la normalización de la vigilancia como único mecanismo de cohesión social. Zonificación mixta vs. Barrios cerrados: qué modelo reduce más la desigualdad es un debate que debemos retomar, porque esta fragmentación urbana se alimenta de estas falsas soluciones de seguridad que refuerzan la guetización.

Mito 2: Más grabaciones garantizan más condenas

La lógica administrativa suele ser simplista: si grabamos el delito, atrapamos al delincuente y lo encerramos. Pero en la práctica judicial de 2026, esto es una falacia. Los fiscales de distrito reportan que menos del 15% de las imágenes captadas por cámaras de vigilancia en zonas periféricas son utilizables como prueba determinante en juicio.

Detalle fotográfico relacionado con Mito vs Realidad: ¿La videovigilancia masiva reduce realmente el delito en barrios marginales?

Las razones son variadas y técnicas, pero todas apuntan a una falta de planificación integral. Primero, la calidad de la imagen en muchos barrios es deficiente debido a la falta de mantenimiento de la infraestructura eléctrica; los apagones constantes destruyen los sistemas de grabación continua. Segundo, y más crítico, el anonimato. En barrios donde el uso de mascarillas y capuchas es habitual por factores climáticos y culturales, la videovigilancia es ineficaz para identificar perpetradores.

Peor aún, este enfoque tecnológico genera un efecto de "comodidad policial". Se prioriza la recolección pasiva de datos sobre la investigación proactiva y el trabajo de inteligencia humana. Es más fácil para un alcalde inaugurar un centro de monitoreo con pantallas gigantes que explicar por qué no ha aumentado la planta de detectives especializados en crimen organizado. La tecnología se convierte en un distractor del verdadero trabajo policial: ganarse la confianza de la comunidad para obtener testimonios, algo que ninguna cámara puede reemplazar.

El coste de oportunidad de la seguridad cosmética

Cuando analizamos los presupuestos municipales de este año, nos encontramos con una paradoja irritante. En la comuna de San Miguel, se destinaron 4.2 millones de euros a la renovación del sistema de cámaras IP y a la suscripción de software de reconocimiento facial, mientras que el presupuesto para el mantenimiento de parques y alumbrado público en las mismas calles se recortó un 18%.

Este es el problema central del lector al que me dirijo: ¿es este dinero efectivo? Si esos 4.2 millones se hubieran invertido en rehabilitar la infraestructura de peatones y en crear espacios públicos vivos, el delito habría bajado no por vigilancia, sino por apropiación del espacio. La teoría de los "ojos en la calle" de Jane Jacobs sigue vigente: la mejor seguridad la dan los vecinos que utilizan y cuidan su entorno, no las cámaras que lo graban vacío.

La inversión en videovigilancia masiva en barrios pobres es, a menudo, un cosmético urbano. Permite a las autoridades decir "hicimos algo" frente a la opinión pública, pero evita tocar los nervios vivos de la desigualdad. Es mucho más barato poner una cámara en un poste de luz que combatir la precariedad laboral que empuja a un joven al microtráfico.

El futuro de la vigilancia no es más lentes, es más contexto

No abogo por la eliminación de la tecnología, sí por su desmitificación. La videovigilancia es una herramienta, y como tal, solo sirve si está integrada en una estrategia de seguridad comunitaria y desarrollo urbano integral. Si continuamos permitiendo que el marketing de las empresas de seguridad "smart city" dicten las políticas públicas de barrios vulnerables, seguiremos transformando nuestras ciudades en panópticos al aire libre donde nadie es realmente libre y, paradójicamente, nadie está seguro.

El verdadero indicador de éxito no será cuántos píxeles tiene la cámara de la esquina, sino cuántos vecinos se atreven a sentarse en esa esquina a conversar al caer la sol sin miedo a ser asaltados. La seguridad no se filma, se construye. Mientras sigamos invirtiendo en el espejo y no en la habitación, el mito de la cámara salvadora seguirá costando vidas y recursos que podrían transformar, de verdad, nuestros barrios marginales.

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