El ascenso narrativo de los BRICS: más allá de la economía
El bloque no solo disputa mercados financieros, sino que está construyendo una arquitectura de persuasión capaz de redefinir los valores urbanos y culturales en el Sur Global.


Durante décadas, la hegemonía cultural occidental operó como una fuerza de gravedad invisible: invisible porque parecía natural, inevitable. En 2026, esa ilusión se ha disipado por completo. Si bien los analistas económicos siguen obsesionados con la hegemonía del petrodólar frente al yuan o al rublo, están ignorando la verdadera frontera de conflicto: la guerra por la imaginación. El bloque BRICS (ahora BRICS+ tras la incorporación formal de Egipto, Etiopía, Irán y los Emiratos Árabes Unidos) ha dejado de ser un foro meramente comercial para convertirse en una máquina de producción de realidad. La pregunta urgente no es si sus monedas sustituirán al dólar mañana, sino si sus narrativas ya han colonizado el sentido común de las nuevas generaciones urbanas desde Johannesburgo hasta Shanghái.
El concepto de "poder blando", acuñado por Joseph Nye, suele simplificarse como la capacidad de atraer y persuadir. Sin embargo, en la arquitectura geopolítica actual, esta definición es insuficiente. Para los BRICS, el soft power es una infraestructura. Se trata de la capacidad de establecer los términos del debate, de decidir qué es considerado "desarrollo" y qué es "intervencionismo". Mientras Washington y Bruselas luchan por mantener su influencia a través de instituciones que el Sur Global percibe como anquilosadas —como el FMI o el Banco Mundial—, Pekín y Moscú han invertido miles de millones en una red de medios de comunicación, becas educativas y exportaciones culturales que ofrecen una modernidad alternativa.

Esta ofensiva no busca imponer un sistema unificado, como sí hacía la URSS, sino presentarse como un portavoz de un "mundo multipolar" que resuena con el trauma histórico postcolonial. La clave de este fenómeno radica en la descentralización de la producción de contenido. A diferencia del modelo vertical de Hollywood o la BBC, la estrategia mediática de los BRICS funciona como una red nodal. China suministra la tecnología de infraestructura —satélites, redes 5G y plataformas de streaming— mientras que Brasil, India y Sudáfrica aportan el contenido cultural y la "calidez" necesaria para que ese mensaje no suene a propaganda fría. La diplomacia de acercamiento que ha beneficiado a naciones como Vietnam es un ejemplo claro de cómo esta narrativa de "no interferencia" gana terreno frente al aislamiento de sanciones occidentales.
¿Cómo se materializa este dominio cultural en las calles?
Para entender esto, debemos mirar hacia el tejido urbano. No se trata solo de telenovelas brasileñas que son populares en China o de aplicaciones TikTok (o sus sucesores locales controlados por el consorcio) que dictan las tendencias de moda en Lagos. La materialización del poder blando ocurre en la planificación de las ciudades. La estética de la modernidad ha cambiado. La arquitectura neoclásica europea, que durante siglos fue el sinónimo de estatus y poder en las capitales del Sur Global, está siendo sustituida por rascacielos de alto rendimiento energético diseñados por firmas de ingeniería china, financiados por bancos de desarrollo BRICS y celebrados como la vanguardia de la sostenibilidad.
Este año, la inauguración del "Centro Cultural del Sur" en Buenos Aires, financiado conjuntamente por capitales saudíes y tecnología china, sirvió como un símbolo perfecto de esta nueva era. El complejo no solo exhibe arte local; alberga redacciones de medios de comunicación que operan bajo la premisa de la "soberanía informática". Allí, la narrativa sobre la deuda externa, el cambio climático o los conflictos fronterizos se presenta desprovista del filtro editorial de las agencias de noticias europeas o estadounidenses. El resultado es una población urbana que cada vez se siente menos identificada con los valores de París o Nueva York, y más alineada con una narrativa de eficiencia estatal y orgullo civilizacional.
Es un error estratégico de Occidente creer que esta batalla se gana con "contranarrativas" o desmentiendo noticias específicas. El problema es estructural. Mientras la Unión Europea se enfrasca en debates internos sobre regulación digital, como se vio recientemente en cómo el voto verde cambió la agenda climática global, los BRICS están ocupando el espacio vacío de la identidad. Ofrecen una ruta hacia la prosperidad que no exige la adopción de liberalismos culturales que muchas sociedades conservadoras del Sur rechazan.
La mercantilización de la disidencia
Un aspecto crucial y a menudo subestimado es cómo el bloque ha cooptado el lenguaje de la disidencia. Durante el siglo XX, la izquierda y los movimientos anticoloniales miraban hacia el Este o hacia Europa para encontrar marcos teóricos de resistencia. En 2026, los BRICS han posicionado sus propias plataformas como el nuevo hogar de la "resistencia" contra el imperialismo occidental. Ironías de la historia, autocracias y regímenes híbridos se presentan como los defensores de la libertad de expresión frente a la "censura woke" de las redes sociales occidentales.
Esto crea un trade-off complejo para los urbanistas y sociólogos. Por un lado, el aumento de la influencia de los BRICS ha traído inversiones reales en infraestructura crítica que las ciudades del Sur necesitaban desesperadamente. Los tratados comerciales que rediseñan la geopolítica del Pacífico sin intervención occidental han permitido que puertos y ferrocarriles modernicen el flujo de bienes. Por otro lado, esta modernización viene con un precio: la consolidación de un modelo de gobernanza donde la tecnología se utiliza para el control social, exportado bajo el paraguas de la "seguridad digital". El consumidor de estos medios gana en orgullo nacional y representación, pero pierde margen de maniobra crítica frente a sus propios gobiernos, que ahora son aliados estratégicos de las nuevas potencias mediáticas.
No debemos caer en la trampa de ver esto como una batalla entre "el bien y el mal". El dominio cultural occidental tuvo sus sombras, y el desafío de los BRICS está revelando las grietas de un sistema global que no cumplió sus promesas de inclusión. Lo que observamos es una reconfiguración de la psique colectiva urbana. Las élites de São Paulo, Bombay o Ciudad del Cabo ya no sueñan necesariamente con un MBA en Harvard; el nuevo estatus se adquiere liderando proyectos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta o gestioniendo fondos soberanos de inversión en Dubái.
El futuro no será una expansión irreversible del autoritarismo, sino una fragmentación de la realidad. Viviremos en internet y en nuestras ciudades con epistemologías distintas. El desafío para los observadores urbanos y geopolíticos no es juzgar qué bloque es "mejor", sino entender cómo estas superestructuras mediáticas moldean el concreto de nuestras ciudades y la percepción de los ciudadanos que las habitan. La guerra por la narrativa ya se ha ganado en el Sur Global; lo que ahora resta por ver es qué forma tomará la paz —o el conflicto— que vendrá después.